Correspondencia de José Santos Chocano a Leopoldo Lugones

Por Laura Giussani Constenla

Departamento de Archivos y Colecciones Particulares

Abrir las cajas que pueblan los anaqueles de un archivo significa descubrir tesoros escondidos de los cuales, en ocasiones, se ignora por completo la procedencia. Tal es el caso de las cartas manuscritas originales enviadas por José Santos Chocano —poeta peruano nacido a fines del ochocientos— a su maestro y amigo Leopoldo Lugones que pueden encontrarse en el fondo de la familia Giussani-Constenla. Más allá de la sensualidad que ofrecen estos papeles escritos a pluma, con sus sellos de época y el color que el tiempo les impuso, descubrir la correspondencia de Chocano nos permite navegar en el espíritu de aquel mundo novelesco de inicios del siglo XX, cuando palabras y actos eran igual de exuberantes.

1925. Dos críticas a la famosa “hora de la espada” de Lugones dejan “completamente desconcertado” a Santos Chocano.

Al ilustre poeta peruano no había experiencia vital que le fuera ajena. Antes de los 20 años ya había pasado por una cárcel submarina acusado de subversión pero, como nada es eterno en la vida, cambió el gobierno y obtuvo los favores del poder: se convirtió en diplomático. Viajó por media Latinoamérica y España. Estuvo envuelto en estafas, fue secretario personal de Pancho Villa en México, se salvó de ser fusilado en Guatemala por su apoyo al dictador Manuel Estrada. En tanto, escribía sus poemas impulsado por el ánimo modernista de amigos como Gregorio Pueyo, quien en 1906 le publicó su primer poemario, “Alma América”. Envalentonado, dos años después declaró: “Walt Withman tiene el norte, pero yo tengo el sur”.

En 1924 conoció a Leopoldo Lugones en un encuentro de escritores en Lima. Festejaban el centenario de la Batalla de Ayacucho. Chocano elogiaba las “dictaduras organizadoras”. Fue entonces cuando Lugones pronunció su famosa frase “ha llegado la hora de la espada”. La admiración de Chocano por el poeta argentino no tuvo límites. Una de las cartas encontradas es de junio de 1925: allí narra con detalles las repercusiones que sus dichos obtuvieron en la prensa, indignado por las ácidas críticas del mexicano José Vasconcelos.

Chocano entendía la vida como una conspiración permanente y consideraba a La Universidad de San Marcos y al periódico El Comercio como sus grandes enemigos. “La universidad es la gran vinculadora de los farsantes”, dice una de las frases que Chocano le envía a Lugones, “ellos forman a los abogados y los jueces”, insiste para explicar los motivos de su persecución.

Telegrama del presidente Leguía a Lugones, respondiendo el pedido de libertad para Santos Chocano.

Finalmente, Santos Chocano vuelve a la cárcel. No por conspiración alguna, sino porque el 31 de octubre de 1925 asesinó con un tiro certero al poeta Edwin Elmore en las puertas del diario El Comercio. La razón de su ira fue que Elmore había firmado un acta de desagravio a favor de Vasconcelos luego de que Chocano escribiera una diatriba en su contra titulada: “Apóstoles y Farsantes”. Unos meses después de este episodio, Chocano le escribe a Lugones: “El portador de la presente será para Vd carta viva… él le contará los detalles del ‘asesinato’ del que estoy siendo víctima”.

El ideario americanista que siempre guió a José Santos Chocano quedó reflejado en uno de sus poema más conocidos: Blasón. “Soy el cantor de América/ autóctono y salvaje:/ mi lira tiene un alma, mi canto un ideal./ Mi verso no se mece colgado de un ramaje/ con vaivén pausado de hamaca tropical…// Cuando me siento inca, le rindo vasallaje/ al Sol, que me da el cetro de su poder real;/ cuando me siento hispano y evoco el coloniaje/ parecen mis estrofas trompetas de cristal./ Mi fantasía viene de un abolengo moro:/ los Andes son de plata, pero el león, de oro,/ y las dos castas fundo con épico fragor.// La sangre es española e incaico es el latido;/ y de no ser Poeta, quizá yo hubiera sido/ un blanco aventurero o un indio emperador.”

1926. “Querido Lugones: Acabo de leer unas notas insolentes que contra Vd…”

Entre los papeles de los Giussani se encuentra también el telegrama enviado por el Presidente de Perú, Augusto Bernardino Leguía, agradeciéndole a Lugones y demás intelectuales por haber intercedido a favor del poeta y asegurando que haría lo necesario para obtener su libertad, cosa que logró con una amnistía en 1927.

Por qué motivo esas cartas fueron a parar a la casa de Pablo Giussani y Julia Constenla, es otro misterio que deberán develar los investigadores interesados en desentrañar el curioso derrotero de los papeles. Lo cierto es que José Santos Chocano murió como vivió, de una manera increíble: fue asesinado en un ómnibus en Chile por un tal Martin Bruce Padilla, quien estaba convencido de que Chocano poseía un mapa en donde se indicaba un tesoro de oro en las montañas.

La escritura cruzada: un hábito epistolar

Entre los papeles personales de la señora Magdalena Doubedout, sobreviviente del naufragio del Monte Cervantes en Tierra del Fuego, donados a la Biblioteca Nacional por el arquitecto y arqueólogo Daniel Schávelzon, descubrimos una “carta cruzada” fechada en 1909.

La “escritura cruzada” era una práctica bastante común en las correspondencias del siglo XIX. Una vez completada la hoja de una carta, ésta se giraba noventa grados y se la cubría con una segunda capa de texto en forma perpendicular o diagonal. De este modo, se abarataban los costos de envío, puesto que estos dependían tanto de la distancia que tenía que recorrer la carta como de la cantidad de páginas que ocupara.

La implementación de reformas que bajaron las tarifas postales hizo que la escritura cruzada cayera en desuso. Varios manuales de estilo epistolar de fines del siglo XIX y principios del siglo XX censuran esta práctica, alegando que es desconsiderada respecto al remitente: implica que no se lo estima lo suficiente como para gastar otra hoja de papel y demanda un tiempo extra de lectura.

No obstante, siguió siendo una práctica común en cartas íntimas y románticas —la superposición de capas de texto permitía ocultar mensajes— y domésticas.

Cartas de Fernando Reati en la Colección Cartas de la Dictadura

Por Laura Giussani Constenla, Departamento de Archivos

Correspondencia Pirata de los chicos, desde las cárceles. Transcripción hecha con amor y dolor por su padre Eugenio Oscar en su exilio.
Con ese cartelito escrito por su madre en la tapa de una carpeta, Fernando Reati acaba de donar a la Biblioteca Nacional la correspondencia que logró sacar de manera clandestina de la cárcel de Córdoba. Se trata de diez cartas originales cuya transcripción mecanográfica hecha por el señor Reati padre, abarca cuarenta y un hojas tamaño oficio .
Recién llegado de Atlanta, Estados Unidos, donde hoy es profesor de Letras, Reati relató las características de su prisión en el D2 de Córdoba, UP1, entre 1976 y 1978:

A partir del golpe, por orden del general Menéndez se clausuró todo tipo de comunicación de los presos políticos con el exterior. Pocos días después del golpe hubo una inmensa requisa y se llevaron todo en medio de golpes. Quedaron los compañeros con la ropa puesta y poco más. Ni siquiera se les dejó elementos para afeitarse. Cuando mi hermano y yo llegamos a la cárcel el 10 de setiembre de 1976 fue como entrar en otra dimensión: los presos con barbas de semanas, sucios, encerrados en las celdas las 24 horas, y sin ninguna información del exterior. Todo eso, en medio de palizas regulares, con “sacadas” cada tanto de cuatro o cinco compañeros que eran luego asesinados en supuestos “intentos de fuga”. Hubo unos 30 fusilados en esos primeros meses del 76

Para sortear el aislamiento, los presos políticos establecieron contacto a través de lenguaje de manos con los presos comunes que estaban en otros pabellones y tenían permiso de visitas y salidas al patio. Así nació lo que se llamó “palomeros”. Las “palomas” eran cuerdas que se hacían con hilos trenzados de toalla, a las que se les agregaba en la punta un gancho de alambre.
De noche, el palomero arrojaba al patio una cuerda con el gancho en la punta, y lo mismo hacía un preso común desde la ventana de su pabellón. Después de varias intentos, las dos palomas se enganchaban, y ambos tiraban de las cuerdas hasta que se tensaban y quedaba establecida una línea de pabellón a pabellón. Así enviaban paquetes con tabaco, papel, biromes, y por supuesto, cartas.
Las primeras cartas, escritas con una letra minúscula casi ilegible, fueron en papel higiénico. El preso común se lo daba a su mujer durante la visita, ella se introducía el paquetito en la vagina y salía. Luego la entregaba al destinatario a cambio del pago del monto indicado en la misma carta.

La donación de Fernando Reati es el primer conjunto de correspondencia salida clandestinamente de las cárceles, que recibe la Colección Cartas de la Dictadura. Son escritos personales en los que si bien se evitan juicios políticos que hubieran podido comprometer a los familiares, se manifiestan críticas al gobierno militar, al trato que los presos recibían en la cárcel, a sus vivencias en momentos del mundial de fútbol del 78 y sus festejos, entre otras experiencias.

Este valioso material estará disponible a la brevedad para la consulta pública. Fernando Rieti autorizó también a la Biblioteca Nacional a digitalizar sus cartas y a brindar acceso a las mismas a través de la web, por lo que en un futuro esta donación se sumará a las otras cartas que ya se encuentran disponibles en el catálogo en línea.

Carmen da Silva: la precursora secreta

Todo empezó con Carmen da Silva, escribe la ex presidenta brasilera Dilma Rousseff. Ella fue una gran inspiración para la autonomía e independencia de la mujer. Nuestra generación le debe mucho a ella.

El hallazgo de una veintena de cartas de Carmen da Silva en el Fondo Oscar Hermes Villordo recientemente donado a la Biblioteca Nacional, pone de nuevo en foco su figura extraordinaria.

Nacida en el sur de Brasil en 1919, da Silva se mudó en los años 40 a Uruguay y luego a la capital argentina, donde estudió psicoanálisis, empezó una larga carrera como periodista y publicó sus primeros libros. Lectora ávida de Simone de Beauvoir, regresó a Brasil en los años sesenta y se constituyó como precursora del feminismo en el país. “Publicaba artículos memorables en la revista Claudia”, recuerda Rousseff.

Carmen da Silva. Parati, Brasil, 1979. Fotografía de Oscar Hermes Villordo

 

A propósito de esta correspondencia entrañable con Oscar Hermes Villordo -en donde se menciona, entre otros, al narrador Juan José Hernández,- la señora Alice Barreto de Del Fresno, sobrina de Carmen, nos cuenta: “la relación de Carmen con Hermes y Hernández fue fraterna y profunda… Los tres pasaban largas temporadas en casa de Carmen en Rio de Janeiro en los años 60”.