Archivos y libros de Alejandra Pizarnik

Por Evelyn Galiazo
Dirección de Investigaciones

Hinc sunt dracones. Hinc sunt leones. Según Mariana Di Ció –que ha dedicado largos años a estudiar sus manuscritos, conservados en la Biblioteca de la Universidad de Princeton– cualquier investigación sobre Alejandra Pizarnik podría comenzar con estas expresiones latinas que los antiguos cartógrafos empleaban para señalar regiones desconocidas. Aunque en las últimas décadas se publicaron numerosos inéditos –entre ellos sus Prosas y sus tan esperados Diarios–, aunque se multiplicaron las ediciones, las traducciones y los estudios críticos que intentan desentrañar los secretos resortes de su poética, la obra de Pizarnik continúa siendo en cierta medida una terra incógnita. Vastas zonas de su trabajo todavía esperan ser descubiertas, recorridas y descifradas.

 

La Biblioteca Nacional Mariano Moreno incorporó recientemente nuevas piezas, hasta ahora ignoradas, que se añaden a la constelación –dispersa en bibliotecas y archivos de distintas partes del mundo– de manuscritos, libros y documentos de la poeta. En diciembre de 2016 Cristina Piña –biógrafa y editora de Pizarnik durante los 90– le comentó a Leopoldo Brizuela –encargado de rastrear archivos de escritores de interés para la institución– que la familia de Pizarnik todavía conservaba algunos de sus libros. Con ese único dato me puse en contacto con los herederos y luego de dieciocho meses de gestiones se concretó la donación no sólo de 122 ejemplares de la biblioteca personal de Alejandra sino también de una serie de carpetas con papeles de la poeta que aún atesoraba en silencio su hermana mayor, Myriam Pizarnik de Nesis. Este patrimonio pasó a enriquecer el Fondo Pizarnik de la BNMM, antes conformado por 650 volúmenes adquiridos en el año 2007.

 

Sucesivas conversaciones con Myriam me permitieron reconstruir las peripecias que sufrió el material del que tanto le costó desprenderse. “Disculpame. Quería hacer algo porque ya estoy grande pero una parte de mí se resistía a soltar todo esto. Le di muchas vueltas al asunto hasta que me di cuenta de que dejarlo en un lugar donde lo aprecien como yo es lo mejor que todavía puedo hacer por Alejandra” –me dijo una tarde mirando en la pared el retrato de su hermana y sus dibujos enmarcados, por fin convencida de la importancia de que el material permanezca en Argentina, al alcance de los investigadores de nuestro país. Entre libros y café fueron apareciendo más fragmentos del mundo de Alejandra: cajitas, muñecas diminutas, anécdotas, costumbres de la infancia.
Según cuenta Myriam, cuando se vendió el departamento de la calle Montevideo donde Alejandra vivió sus últimos años, sus libros fueron mudados a la casa que la familia tenía en Barracas. Fallecidos los padres se hizo necesario vender también esa propiedad y Myriam, única heredera de la biblioteca familiar y de la biblioteca de su hermana, los conservó en la baulera de su domicilio. Pero quiso la desgracia que esa baulera fuera la única que se inundara en el edificio de Villa del Parque donde vivía con su marido y sus dos hijos. Pudo rescatar la mayor parte de las cajas pero a falta de espacio se deshizo de muchos libros. En ese momento el poeta y traductor Pablo Ingberg recibió de Mario Nesis, amigo personal y viejo compañero de trabajo en el Banco Central –el sobrino mayor de Pizarnik– los 650 volúmenes que luego le vendió a la BNMM. No me queda del todo claro si también fue entonces que Ana Becciú –amiga de Pizarnik, editora póstuma y albacea de la poeta– se quedó con otros 400 libros que luego decidió donar a la Biblioteca Nacional de Maestros. Myriam retuvo el resto de la biblioteca de sus hermana menor y todos los papeles que consiguió guardar en esa casa hoy habitada por tantos recuerdos.
Algunos de los libros que acaban de ingresar al Fondo Pizarnik de la BNMM están dedicados por destacados personajes de la cultura argentina de los sesentas, como su segundo analista, Enrique Pichón Rivière, o el poeta Alberto Girri. Otros están firmados y fechados por ella entre 1954 y 1971, además de subrayados y anotados con su inconfundible letra. Se destacan algunas piedras preciosas que los fetichistas hace tiempo esperábamos poder hojear, como las Voces de Antonio Porchia, a quien Pizarnik define como “una cruza de Heráclito con Blake, o de Hölderlin con Rimbaud” en una carta inédita que le dirige a la uruguaya Clara Silva en 1956 y que se encuentra en la Biblioteca Nacional de Uruguay.

Pero lo que verdaderamente arroja nuevas luces sobre la belleza oscura de su obra son sus papeles. Dentro de los libros de Pizarnik adquiridos en 2007 se había descubierto un pequeño tesoro de miniaturas de papel: dibujitos, esquelas, anotaciones personales, cartas sin terminar, postales y algunos borradores; apenas una muestra, la punta de ese iceberg que constituyen los Alejandra Pizarnik Papers de Princeton. Sin acercarse a ese archivo, lo que ahora ingresa a la BNMM es un conjunto más que considerable: una caja, un cuaderno y cuatro carpetas con papeles personales, recortes periodísticos sobre ella y su obra –que la misma Pizarnik recortaba y clasificaba–, separatas, fotocopias de publicaciones y de algunos manuscritos. Hay originales mecanografiados y corregidos a mano de textos publicados en Sur, El nacional o El corno emplumado. Mecanografiado en cursiva sobre una hoja verde agua con correcciones manuscritas en tinta roja el texto escrito por Enrique Pezzoni para la presentación de Extracción de la piedra de la locura nos transporta a una tarde de 1968 en la Galería Bonino, de la que autora y presentador eran habitués. Hay rarezas como una partitura para canto y piano que Alejandro Pinto compuso sobre 18 pequeños poemas de Pizarnik y la aplicación para la Beca Guggenheim, que Pizarnik obtuvo en 1968. El reverso de una de sus hojas testimonia en tinta verde el modo artesanal en que se presentaba la documentación en el pasado como el vértigo que le provocaba Alejandra toda burocracia. Con la letra apurada del que anota una información dictada por teléfono escribe los requisitos de la presentación –“doce copias”, “una declaración jurada esbozando brevemente lo q[ue] el solicitante desea hacer durante el período para el cual solicita la beca” etc. etc,– seguidos de un descargo: “me resulta difícil…”.

 

Hasta 1999, cuando se conformó el archivo de la poeta en los Estados Unidos, la existencia de esa nutrida colección de apuntes –escritos regularmente entre 1954 y 1972 en cuadernos, libretas y soportes de muy diversa índole– fue un secreto a voces que circulaba entre iniciados. Y luego continuó siendo, sino un secreto, al menos un lujo para investigadores acreditados que pudieran viajar a norteamérica. Por eso, el conjunto de documentos que acaban de llegar a la BNMM inaugura una nueva etapa en los estudios sobre Pizarnik en nuestro país. Con sus cambios de rumbo, su inestabilidad y su ambivalencia propias, los borradores de trabajo transforman la interpretación de esta obra que gira en torno a sí misma y a sus propios procedimientos de escritura. Si la obra de Pizarnik se construye sólo en la medida en que se transforma –de ahí el potencial alquímico del verbo–, sus papeles y materiales de trabajo no son elementos complementarios ni herramientas hermenéuticas, son parte esencial de una obra que en ellos se revela nunca completa, siempre por ser descubierta y en estado de permanente work in progress.