Constelaciones. Mujica Lainez y el niño comunista

Cuando una donación entra en la Biblioteca Nacional, suelen saltar a la vista ciertos puntos en común con otros archivos que ya están en ella.  Del  escándalo ocurrido en el Congreso de Escritores organizado por la SADE en Paraná en 1964, informan, por un lado, ciertos recortes de diarios del Fondo Abelardo Arias. Y por otro lado,  una carta que Mujica Láinez  escribió a Alberto Girri y que hoy sale a la luz gracias a la donación del archivo del poeta a nuestra Biblioteca Nacional.

Participantes del congreso llegan a Paraná a bordo del “Ciudad de Corrientes”

 La cómica gravedad del asunto giró sobre los siguientes elementos: un joven comunista y su barra ídem; el susodicho joven, escritorzuelo santafesino, muy deseoso de aprovechar la coyuntura única que se le ofrecía, para difundir, a través de la prensa de escándalo y a los cuatro vientos, su nombre que aun dormía en la oscuridad de las librerías no transitadas; la equivocación de Silvina Bullrich, integrante de la mesa redonda sobre novela argentina que sirvió de campo a esa batalla de enanos; la furia de dicha Silvina, que intensificó su equivocación; la muda alegría con que nuestros colegas de la SADE presentes acogieron la oportunidad que se les regalaba de asistir al desarrollo de denuestos prodigados contra un escritor que comete el error de recibir premios y vender sus libros; el gozo periodístico con que un enviado especial de La Razón, especialmente enviado para exaltar cuando indicara barullo, sacó partido de ese estrépito; y por último lo mucho que “La Razón” se lee y lo mucho que mis prestigiosos colegas comentaron aquel exabrupto en Buenos Aires.

En suma, lo que enoja al niño de marras, aparte, como es natural, de los premios y ventas aludidos, parecería ser el hecho de que al cabo de una docena volúmenes consagrados a mi porteña capital, yo haya tenido la audacia de traspasar sus literarios límites para alojarme con mi lapicera a noventa kilómetros de Roma. Los comunistas, como me ha hecho notar Billy [Whitelow] con acierto, son paradójicos por un lado pregonan una universalidad acaparadora y por el otro exigen la práctica de un folklore pueblerino. De cualquier modo esta pintoresca historia ya quedó atrás con sus donceles ululantes, tristemente reducidos a permanecer en las aldeas del litoral, mientras nosotros regresabamos al gran proscenio que ellos miran de lejos con tanta sed…

Juan José Saer 1964

Mujica Láinez omite el nombre del joven escandaloso, que cuarenta años después se arrepentiría públicamente de su intervención. Los recortes que conservó Abelardo Arias -mucho más contemplativo con la insolencia , “ya que actitudes así las que dan vida a la literatura” permiten saber que se trató, nada menos, que de Juan José Saer.